Ingredientes
- 3 huevos
- 150 g de azúcar
- 100 ml de leche
- 100 ml de aceite de girasol (o de oliva suave)
- 200 g de harina de trigo
- 1 sobre de levadura en polvo (16 g)
- Ralladura de 1 limón
- 1 pizca de sal
- Azúcar para espolvorear (opcional)
Instrucciones
- Prepara todo antes de empezar. Coloca las cápsulas de papel en un molde rígido para magdalenas (si lo tienes) y deja listo un bol grande, unas varillas (manuales o eléctricas) y un colador o tamiz para la harina. Tenerlo todo a mano ayuda a trabajar la masa sin prisas y sin mezclar de más.
- Bate los huevos con el azúcar. Casca los 3 huevos en el bol grande y añade los 150 g de azúcar. Bate con energía hasta que la mezcla cambie de aspecto: debe volverse más clara, más espumosa y con más volumen. Este paso es clave para que queden esponjosas, porque incorporas aire que luego se convertirá en ligereza al hornear.
- Aromatiza con el limón y equilibra con la sal. Incorpora la ralladura del limón y la pizca de sal. Mezcla unos segundos para repartir bien el aroma. La ralladura perfuma la masa desde el primer momento y la sal realza el sabor dulce sin que se note “salado”.
- Añade la leche y el aceite sin cortar la mezcla. Vierte los 100 ml de leche poco a poco mientras sigues batiendo a velocidad suave o con movimientos constantes. Después, incorpora los 100 ml de aceite en forma de hilo, del mismo modo. La idea es que se integren sin que la mezcla pierda el aire ganado en el batido inicial.
- Tamiza la harina con la levadura. En otro recipiente (o directamente sobre el bol), tamiza los 200 g de harina junto con el sobre de levadura en polvo (16 g). Tamizar no es un adorno: ayuda a que no queden grumos, reparte mejor la levadura y deja una miga más fina.

- Integra los secos con cuidado. Añade la harina con levadura en dos o tres tandas. En lugar de batir fuerte, mezcla con movimientos envolventes o con varillas a baja velocidad, solo hasta que no veas harina seca. Si mezclas de más, la masa se vuelve más densa y las magdalenas pueden perder esponjosidad.
- Deja reposar la masa si puedes. Si tienes margen, tapa el bol y deja reposar la masa en frío un rato. No es imprescindible, pero suele ayudar a que la masa se asiente y a que el horneado dé un resultado más uniforme y con mejor subida.
- Calienta el horno y prepara el llenado. Precalienta el horno y, mientras tanto, remueve la masa suavemente solo para homogeneizar (sin “desinflarla”). Pasa la masa a una jarra, una manga pastelera o usa una cuchara, lo que te resulte más cómodo. Esto te permitirá repartir porciones parecidas.
- Rellena las cápsulas correctamente. Distribuye la masa en las cápsulas sin llenarlas hasta arriba: deja espacio para que suban sin desbordarse. Si quieres el toque clásico, espolvorea un poco de azúcar por encima antes de hornear para formar una costrita ligera y agradable.
- Hornea hasta que estén doradas y firmes. Lleva el molde al horno y hornea hasta que las magdalenas estén bien crecidas, con la superficie dorada y el centro firme al tacto. Si al pinchar con un palillo sale limpio, están listas. Evita abrir el horno al principio del horneado para que no pierdan calor de golpe y se baje la subida.
- Enfría y conserva. Saca el molde, deja reposar unos minutos y luego pasa las magdalenas a una rejilla para que se enfríen sin humedecerse por abajo. Una vez frías, guárdalas en un recipiente bien cerrado para mantener su ternura. Si las comes el mismo día, notarás la miga especialmente suave; al día siguiente siguen muy ricas si están bien tapadas.
Con estos pasos, conseguirás magdalenas altas, ligeras y con ese sabor clásico a limón que perfuma toda la cocina, sin necesidad de complicarte ni de añadir nada extra.